La ceguera de la costumbre: Reconociendo los milagros diarios de Dios
La ceguera de la costumbre y la fidelidad de Dios
Creo sinceramente que el creyente de hoy enfrenta un serio y silencioso problema: la falta de asombro. Dios continuamente hace milagros en nuestras vidas, manifestándose de formas grandiosas y también en los detalles más pequeños. Sin embargo, porque sus obras son de continuo y su presencia es constante, corremos el peligro de naturalizarlas, de volver cotidiano lo extraordinario y pasar por alto la inmensidad de su gracia, sin darle la gloria y la importancia que realmente merecen.
La Escritura nos recuerda la naturaleza inagotable del amor divino y la constancia con la que Él actúa a favor de sus hijos:
«Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.»
— Lamentaciones 3:22-23
Dios ama al ser humano de una manera profunda e incondicional. No escatima en derramar bendiciones sobre nosotros y renueva Su misericordia cada día. Cada amanecer no es un simple evento cósmico ni una rutina de la naturaleza; es el testimonio vivo de un Dios que nos otorga una nueva oportunidad, un aliento de vida renovado y una gracia que nos sostiene ante nuestras propias debilidades.
El peligro de la costumbre es que insensibiliza el corazón. Cuando el pueblo de Israel caminaba por el desierto, Dios les enviaba maná del cielo todas las mañanas. Al principio, aquel alimento era visto como un milagro asombroso; con el tiempo, se acostumbraron a él y comenzaron a darlo por sentado. De la misma manera, hoy podemos caer en la trampa de ver la provisión, la salud, la paz en medio de la prueba o el perdón de nuestros errores como cosas "normales", olvidando que detrás de cada instante de vida hay una mano divina interviniendo.
Despertar cada mañana, tener pan en la mesa, experimentar el consuelo en la aflicción o la guía en la incertidumbre son intervenciones directas de su amor. Cuando naturalizamos la bendición, nos robamos a nosotros mismos la gozosa vivencia de la gratitud y le restamos honor al Creador.
Que el Señor nos conceda la sabiduría para no caer en la insensibilidad del corazón. Que nos dé ojos espirituales atentos para reconocer sus maravillas cotidianas, un espíritu dispuesto a la alabanza y la memoria necesaria para recordar que cada día que vivimos es, en sí mismo, un milagro de Su infinita misericordia.

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