Echar un rato con un amigo/ Una relación real con Cristo.

 Echar un rato

con un amigo

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No practico una religión. Tengo una relación


Hoy voy a echar un rato con un amigo.

Cuando llega el día de culto, si alguien me preguntase a dónde voy, le diría: «A echar un rato con un amigo».

Es cierto, porque yo no practico una religión, yo tengo una relación con Cristo.

Y en esta relación, Él me habla y yo le escucho. Cuando yo hablo, Él escucha.

En esa relación me gustaría llegar a que se me conociera como a Abraham: «el amigo de Dios».

No un siervo distante, no un simple creyente… sino un amigo. Alguien con quien Él conversa, en quien confía y a quien llama por su nombre.

Ese es el anhelo: que la intimidad sea tan real, tan constante y tan profunda, que un día se diga de mí lo mismo que se dijo de Abraham.

No se trata de un título que uno se coloca a sí mismo, ni de una medalla que se exhibe. Abraham no se proclamó «amigo de Dios»; se lo llamaron después de una vida de caminar con Él. El título fue el resultado de la relación, no el objetivo. Cuando alguien lo expresa como un anhelo —como un deseo profundo de intimidad—, no es soberbia. Es hambre de Dios. Y esa hambre, cuando es sincera, suele venir acompañada de bastante humildad.

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Una conversación viva.

Él habla. Yo escucho. Yo hablo. Él escucha.

«Y fue llamado amigo de Dios»

— Santiago 2:23 —

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