Quizá tú también necesites un «gran pez»: La lección de Jonás para aprender a parar
Quizá yo también necesite un gran pez
Cuando leo la historia de Jonás y pienso en cómo estuvo tres días dentro de un gran pez, a veces me viene una idea un poco extraña: quizá sería bueno tener yo también un gran pez en mi vida.
No porque quiera pasar por algo malo, sino porque a veces pienso que necesito algo que me haga parar.
Algo que me obligue a detenerme, a ordenar mi vida y a mirar un poco hacia dentro. Algo que acorte esa distancia que muchas veces siento entre Dios y yo, y que en buena parte soy yo mismo quien provoca con mi rebeldía, con mis decisiones y con esa tendencia que tengo a querer hacer las cosas a mi manera.
Jonás sabía lo que Dios quería de él y, sin embargo, decidió irse en otra dirección. Y me resulta fácil reconocerme un poco en él.
Quizá lo curioso de la historia es que el gran pez, que en principio parece algo terrible, acaba siendo el lugar donde Jonás se detiene y vuelve a hablar con Dios. Es como si Dios utilizara aquello que parecía una desgracia para hacerle parar.
Y pienso que quizá nosotros también necesitamos alguna vez nuestro propio «gran pez».
No tiene por qué ser algo extraordinario. Puede ser una circunstancia, una dificultad, una pérdida, un momento de soledad… o simplemente algo que nos obligue a parar cuando llevamos demasiado tiempo corriendo.
Porque quizá muchas veces Dios no está tan lejos como pensamos. Somos nosotros los que nos alejamos.
Y eso es lo que más me llama la atención de Jonás: que, a pesar de su rebeldía, Dios no deja de buscarlo.
Jonás huye, pero Dios sigue allí.
Y quizá eso sea también lo que necesito recordar yo. Que incluso cuando me alejo, cuando me empeño en hacer mi voluntad o cuando vuelvo a caer en lo mismo, Dios no deja de estar.
Por eso, a veces pienso que me vendría bien un gran pez.
No para que Dios me castigue, sino para que me haga parar.
Para que me ayude a ordenar mi vida, a reconocer mi rebeldía y a volver a mirar hacia Él.
Aunque quizá lo mejor sería no tener que esperar a que aparezca ningún gran pez.
Quizá simplemente debería aprender a parar por mí mismo.
Y acercarme a Dios antes de que tenga que hacerlo desde el vientre de un pez.

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