¿Tienes tu lámpara encendida? Reflexión sobre Mateo 25

 

   

No hay día que pongamos las noticias en la tele en el que ya no solo escuchemos de rumores de guerra, sino que las imágenes de guerra las veamos en directo o veamos la naturaleza castigándonos con alguna inundación, terremoto… Sin duda la venida de Cristo está más cercana, y yo me pregunto: ¿Tengo mi lámpara encendida?

¿Tienes tu lámpara encendida

En tiempos de guerra, desastre y turbulencia global, la pregunta más urgente no es política ni filosófica. Es espiritual, íntima y personal: ¿estoy preparado?

 


Una parábola para tiempos como estos

La parábola de las diez vírgenes (Mateo 25:1-13) no fue escrita para asustar, sino para despertar. Jesús describe a diez mujeres que esperan al novio: todas tienen lámpara, todas saben que él vendrá. La diferencia no está en la fe declarada, sino en el aceite acumulado, en la preparación cotidiana y silenciosa.

Cinco llevan aceite de sobra. Las otras cinco confían en que habrá tiempo de conseguirlo cuando llegue el momento. Y cuando el novio llega a medianoche, descubren que el aceite no se puede comprar prestado ni transferir: es personal, intransferible, fruto de una vida vivida con la lámpara encendida.

“Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir.”

Mateo 25:13

El mundo que vemos cada día

Encender la televisión se ha convertido en un ejercicio de fortaleza. Guerras transmitidas en tiempo real, catástrofes naturales encadenadas, inestabilidad social que antes parecía impensable. No es necesario ser apocalíptico para reconocer que vivimos en una época de sacudidas profundas.

El creyente no observa estas imágenes con terror paralizante, sino con la conciencia de quien reconoce las señales de las que habló su Señor. No para calcular fechas, sino para avivar la llama interior antes de que el viento arrecie.

¿Qué es el aceite de la lámpara?

La pregunta honesta —¿tengo mi lámpara encendida?— nos lleva a preguntarnos qué alimenta esa llama. El aceite no se consigue en un momento de pánico; se acumula gota a gota en la fidelidad diaria:

     La oración como hábito, no solo como recurso de emergencia cuando la crisis golpea.

     La Palabra meditada, no únicamente escuchada en domingo, sino habitada en la rutina.

     El amor al prójimo en práctica, especialmente hacia el más vulnerable y el más difícil de amar.

     Las reconciliaciones pendientes, con Dios y con las personas, aplazadas demasiado tiempo.

     La comunidad de fe, porque las vírgenes sabias no esperaban solas.

La pregunta es una buena señal

Hay algo esperanzador en el simple hecho de preguntarse: ¿tengo mi lámpara encendida? La indiferencia espiritual no se interroga a sí misma. Quien hace esta pregunta demuestra que la llama, aunque quizás pequeña, no está apagada.

No se trata de vivir con ansiedad mirando las noticias como si fuesen una cuenta regresiva. El Evangelio dice: “ocupaos hasta que yo venga” (Lucas 19:13). La preparación no es parálisis ni acumulación de pánico; es fidelidad en lo ordinario, amor en lo cotidiano, presencia en lo concreto.

La cercanía que consuela

“La venida de Cristo está más cercana.” Esa frase, leída con fe, no es amenaza: es consuelo. Es el horizonte que da sentido a los días convulsos, la promesa de que el sufrimiento que vemos en las pantallas no es la última palabra.

El creyente que mantiene la lámpara encendida no espera con miedo, sino con la tensión serena del que ama y aguarda. Como el centinela que sabe que el amanecer llega, aunque la noche parezca larga.

Que la pregunta que hoy te haces sea el primer gesto de reavivar la llama.

Añade aceite. Vela. Ama.

Y cuando Él llegue, que tu lámpara esté encendida.

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