La disciplina de Dios: Por qué Su corrección es prueba de Su amor

El Refugio en la Corrección: Entre el Temor y la Devoción


"¿A dónde podré huir o esconderme cuando mi Dios venga a corregirme? Dice Su palabra que al que ama Él disciplina. Aunque la disciplina me duela, más me dolerá estar alejado de Él."

​I. La Imposibilidad de Huir

​El primer impulso del hombre ante el error es el escondite, pero el amor de Dios es una persecución incansable. No existe rincón en el universo donde Su mirada no nos alcance, no para juzgarnos desde la distancia, sino para restaurarnos de cerca.

​Salmo 139:7-10: «¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra».

​II. La Disciplina como Prueba de Paternidad

​La disciplina no es la ira de un juez, sino el celo de un Padre. Que Dios se tome el tiempo de corregirnos es la evidencia más alta de que somos considerados Sus hijos legítimos.

​Hebreos 12:7-8: «Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos».

​Proverbios 3:11-12: «No menosprecies, hijo mío, el castigo de Jehová, ni te fatigues de su corrección; porque Jehová al que ama castiga, como el padre al hijo a quien quiere».

​III. El Dolor que Produce Vida

​Es verdad que la corrección no es agradable en el momento; causa una herida necesaria en el orgullo para sanar el alma. Sin embargo, el fruto que deja atrás es una paz que supera cualquier dolor transitorio.

​Hebreos 12:11: «Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados».

​Job 5:17-18: «He aquí, bienaventurado es el hombre a quien Dios castiga; por tanto, no menosprecies la corrección del Todopoderoso. Porque él es quien hace la herida, y él la vendará; él hiere, y sus manos curan».

​IV. El Mayor Temor: La Distancia

​Como bien has reflexionado, el mayor castigo no es el azote del Padre, sino Su silencio. El alma que ha conocido Su amor prefiere mil veces ser quebrantada por Su mano que ser abandonada a su propia voluntad.

​Salmo 51:11: «No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu».

​Apocalipsis 3:19: «Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete».

​Conclusión

​Cuando sientas que la corrección de Dios se acerca, no busques una cueva para esconderte. Busca el altar. El único lugar seguro de la mano de Dios, es Su propio corazón. Él no te disciplina para destruirte, sino para que no te destruyas a ti mismo.

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