EL PEREZOSO
EL PEREZOSO
Con los artículos El creyente no se jubila, Moisés: un obrero de 80 años y La fuerza de Caleb, se pretendió hacer ver al creyente que todos tenemos nuestro lugar de servicio dentro de la Iglesia conforme a nuestra edad, talentos, habilidades y los dones con los que nos cualifica el Espíritu Santo para ser obreros preparados.
Hoy vamos a hablar de la pereza, una cualidad negativa de la que el creyente debe huir.
Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, pereza es:
Negligencia, tedio o descuido en las cosas a las que estamos obligados.
Y perezoso: negligente, descuidado o flojo en hacer lo que debe o necesita ejecutar.
Como decía Bill Gates en referencia a la persona perezosa:
"Elegiré a una persona perezosa para hacer un trabajo difícil, porque encontrará una manera fácil de hacerlo".
El arte de no hacer nada (y cómo sobrevivir al intento)
Llegado a este punto de la lectura, tenemos al menos la certeza de haber superado el primer obstáculo de la pereza: el scroll infinito hacia ninguna parte. Todos conocemos a "esa" persona perezosa; a veces la vemos en el espejo y otras veces es ese familiar que parece haber perfeccionado la técnica de fundirse con el sofá hasta volverse parte del tapizado.
Pero ¿es la pereza un simple amor por la siesta o algo más profundo? Incluso los textos más antiguos ya nos daban "tirones de orejas" con mucha clase. Por ejemplo, en el libro de Proverbios se describe al perezoso con una ironía casi cómica: dice que “mete su mano en el plato, pero le da pereza volverla a la boca”. Vamos, que tiene hambre, pero el esfuerzo de masticar ya le parece una maratón.
Está también la fábula del Perro y el Conejo (una alternativa a la cigarra), que nos ilustra hasta dónde pueden llevarnos los frutos de la pereza.
Para entender esto, olvidemos a la hormiga y miremos esta historia:
Se cuenta que un perro de caza, famoso por su velocidad, se quedó echado bajo la sombra de un roble viendo pasar a un conejo. Un campesino le preguntó:
—¿Por qué no lo persigues?
El perro, sin siquiera abrir un ojo, respondió:
—¿Para qué correr hoy tras un conejo que mañana seguirá siendo igual de rápido… y yo estaré más cansado?
El conejo se salvó, pero el perro murió de hambre esperando el "momento perfecto" para correr.
La pereza no es solo descanso; es la trampa de creer que el mañana es un lugar mejor para empezar lo que nos toca hacer hoy. Personalmente creo que la pereza no tiene un lugar en el creyente. La vida es un don que Dios nos otorga cada día; por lo tanto, el tiempo tiene dueño. Debemos saber darle buen uso al tiempo. El tiempo no es una posesión que debemos "gastar", sino un recurso sagrado que se nos ha confiado.
El tiempo no nos pertenece; somos sus "administradores". Un buen administrador sabe cuándo trabajar y cuándo descansar.
El descanso es sagrado: no es tiempo perdido, es el reconocimiento de nuestra fragilidad y la confianza en que el mundo sigue girando sin nosotros.
Servicio: usar nuestros minutos para aliviar la carga de otros.
En el mismo capítulo de Proverbios (26:14), hay otra joya que nos dice:
"Como la puerta gira sobre sus bisagras, así el perezoso da vueltas en su cama".
Es decir, se mueve mucho (da vueltas), pero no va a ninguna parte. Está anclado a su zona de confort.
Reflexión final: La pereza no es solo no hacer nada; es el hábito de dejar las cosas a medias. No permitas que tu plato esté lleno mientras tú te debilitas por no querer levantar la mano.
Como decía Séneca:
"No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho."
O como dice Eclesiastés 10:18 “Por la pereza se cae la techumbre, y por la flojedad de las manos se llueve la casa.”

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