Controlando nuestro timón
Controlando nuestro timón
En referencia a la lengua que siendo un órgano pequeño puede hacer mucho daño. Está reflexión es en referencia a Santiago 3 y la lengua.
Controlando nuestro timón" captura perfectamente la esencia de la Epístola de Santiago. Es una metáfora muy clara: un barco enorme siendo dirigido por una pieza de madera relativamente pequeña.
Santiago 3 es, posiblemente, uno de los manuales de psicología y ética más crudos y honestos de la Biblia.
Santiago usa tres comparaciones magistrales para explicar cómo algo pequeño domina a algo grande:
El freno en la boca del caballo: Controla a un animal con una fuerza física muy superior a la nuestra.
Stg 3:3 “He aquí nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos así todo su cuerpo”.
El timón del barco: A pesar de los fuertes vientos, una pequeña pieza decide el rumbo.
Stg 3:4 “Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere”.
La pequeña chispa: Un bosque entero puede ser consumido por un descuido minúsculo.
Stg 3:5 “Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!”
Santiago no se anda con rodeos. Describe la lengua como un órgano que puede contaminar todo el cuerpo. El punto central aquí es la incoherencia:
"Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres... de una misma boca proceden bendición y maldición." (Santiago 3:9-10).
El texto menciona algo fascinante: el ser humano ha logrado domar a toda clase de bestias salvajes, pero nadie puede domar la lengua por sus propias fuerzas. Es un recordatorio de nuestra necesidad de prudencia y, sobre todo, de un cambio interno (el corazón).
Stg 3:7-8 “Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana; pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal”.
Según la Neurociencia el impacto de las palabras que encajan perfecto con la metáfora de Santiago: las palabras negativas tienen mucha más intensidad que las positivas. Se estima que necesitamos al menos 5 palabras positivas para compensar el impacto emocional de 1 sola palabra negativa.
En el libro Words Can Change Your Brain, los autores explican que una sola palabra negativa puede aumentar la actividad en la amígdala (el centro del miedo del cerebro). Esto libera hormonas de estrés como el cortisol. El uso constante de lenguaje hostil literalmente altera la estructura física del cerebro, dificultando el pensamiento lógico.
A veces creemos que las palabras que decimos "al aire" no importan, pero el cerebro no distingue bien entre una crítica hacia otro y una hacia uno mismo.
Cuando hablamos mal de alguien (chisme), el cerebro del oyente a menudo asocia esos rasgos negativos con quien los está diciendo. Se llama Transferencia Espontánea de Rasgos.
El que no refrena su lengua se engaña a sí mismo; el daño rebota hacia el emisor.
Hay un dicho que dice:
"Las palabras son como clavos en una tabla: aunque los quites, los agujeros permanecen."
Un último pensamiento:
Stg 3:2 “Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo”.
"Hoy es un buen día para revisar quién lleva la mano en nuestro timón. Antes de hablar, preguntémonos: ¿este fuego va a calentar el hogar o a quemar el bosque? La decisión está en nuestra boca."

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