La lengua: un órgano pequeño con un poder enorme
La lengua: un órgano pequeño con un poder enorme
Un gesto cotidiano que invita a reflexionar
Después de las principales comidas del día solemos realizar un gesto muy sencillo: ir al baño para limpiar nuestra boca. Es un hábito que forma parte del cuidado personal. Primero pasamos el hilo dental, luego utilizamos el cepillo interdental, después cepillamos los dientes y finalmente usamos el rascador de lengua para completar la limpieza.
Todo este proceso busca mantener una buena higiene bucal. Cuidamos nuestra boca porque sabemos que es importante para la salud. Sin embargo, un día, mientras realizaba esta rutina tan habitual, vino a mi mente una reflexión que aparece en la Epístola de Santiago.
Allí se habla de la lengua y de su enorme poder. Pensé en lo curioso que resulta que dediquemos tanto cuidado a limpiar nuestra boca por fuera, pero a veces olvidemos prestar atención a lo que sale de ella.
Un órgano pequeño con una gran influencia
La lengua no es un órgano grande. En comparación con otras partes del cuerpo, podría parecer insignificante. Sin embargo, las palabras que salen de ella tienen una influencia enorme.
Con nuestra lengua podemos bendecir, animar, enseñar, aconsejar y consolar. Muchas veces una palabra oportuna puede levantar el ánimo de una persona que está pasando por un momento difícil. Un mensaje de aliento, una palabra amable o una expresión de cariño pueden marcar una gran diferencia en la vida de alguien.
Pero también ocurre lo contrario. Las palabras pueden herir profundamente. Una crítica dura, una palabra pronunciada con ira o un comentario injusto pueden causar daño emocional que permanece durante mucho tiempo.
Por eso el autor de la carta, Santiago el Justo, explica que la lengua tiene un poder desproporcionado respecto a su tamaño.
Ejemplos que nos ayudan a entenderlo
Para explicar esta idea, Santiago el Justo utiliza ejemplos muy claros.
Habla del freno que se coloca en la boca de los caballos para dirigirlos. Aunque es un objeto pequeño, permite guiar a un animal mucho más grande. También menciona el timón de un barco. Aunque el barco sea enorme y esté impulsado por fuertes vientos, el timón, que es relativamente pequeño, determina la dirección que seguirá.
Otro ejemplo es el fuego. Una chispa diminuta puede provocar un incendio de grandes proporciones.
Estas comparaciones muestran una verdad importante: las cosas pequeñas pueden tener consecuencias muy grandes. De la misma manera, la lengua puede dirigir el rumbo de nuestra vida y afectar profundamente a quienes nos rodean.
La importancia de controlar nuestras palabras
Todos hemos experimentado alguna vez el impacto de las palabras. Hay frases que recordamos durante años porque nos dieron ánimo en un momento difícil. Pero también hay palabras que nos han herido y que han dejado una marca en nuestra memoria.
Por eso es tan importante aprender a controlar nuestra lengua.
No es algo sencillo. En momentos de enfado, frustración o cansancio es fácil decir cosas de las que después nos arrepentimos. A veces hablamos sin pensar o dejamos que nuestras emociones gobiernen nuestras palabras.
Sin embargo, el mensaje de la Epístola de Santiago nos invita a reflexionar sobre este tema con seriedad. Si nuestras palabras tienen tanto poder, entonces debemos utilizarlas con responsabilidad.
Pedir ayuda a Dios para hablar con sabiduría
Como creyentes sabemos que no siempre es fácil dominar nuestra lengua. Por eso necesitamos pedir ayuda a Dios.
Podemos pedirle que nos dé sabiduría para hablar en el momento adecuado, que nos ayude a pensar antes de responder y que nuestras palabras reflejen amor, paciencia y respeto.
Hablar bien no significa simplemente evitar las malas palabras. Significa utilizar nuestra lengua para construir, animar y traer paz a quienes nos rodean.
Cuando nuestras palabras están guiadas por la fe y el amor, pueden convertirse en un instrumento de bendición.
Usar la lengua para bendecir
Si pensamos en todo lo que podemos hacer con nuestras palabras, descubriremos que la lengua es también una gran oportunidad.
Con ella podemos:
- Animar a alguien que está desanimado.
- Consolar a quien atraviesa una dificultad.
- Agradecer a quienes nos ayudan.
- Compartir palabras de fe y esperanza.
- Expresar amor y gratitud.
Cada día tenemos muchas oportunidades de usar nuestras palabras para bien.
Así como cuidamos nuestra higiene bucal después de cada comida, también deberíamos cuidar nuestras palabras cada día. Porque lo que sale de nuestra boca puede influir profundamente en quienes nos escuchan.
Una invitación a reflexionar
La próxima vez que realicemos nuestra rutina de limpieza bucal hilo dental, cepillo interdental, cepillado y rascador de lengua puede ser un buen momento para recordar esta enseñanza.
La lengua es pequeña, pero su poder es grande.
Pidamos a Dios que nos ayude a usarla con sabiduría, para que nuestras palabras sean siempre fuente de bendición, ánimo y paz para los demás.
Santiago 3:1-12: “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación. Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo. He aquí nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos así todo su cuerpo. Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere. Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno. Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana; pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga? Hermanos míos, ¿puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Así también ninguna fuente puede dar agua salada y dulce”. RV.60
Oración final:
“Señor, ayúdame a controlar mi lengua. Que mis palabras sean fuente de bendición, consuelo y amor, y no de daño o desánimo. Enséñame a hablar con sabiduría y paciencia, para reflejar Tu amor en cada palabra que pronuncio. Amén.”
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